‘2 francos, 40 pesetas’: arte colectivo

El cine es como el espacio absoluto de todas las formas, es como la arquitectura interminable de la conciencia, como el vuelo hacia las orillas del malecón del alma. El cine es un   paréntesis abierto al tiempo de la incertidumbre. Hay un cine para vivir en él, que es como el reflejo del alma de cada uno y como un goteo diminuto del alma total del mundo. El cine es la más colectiva de todas las artes.

Ni el más genial de los directores, ni el guionista más ocurrente, ni los más extraordinarios actores conseguirían por sí solos lo que sí pueden lograr pintores, escultores,músicos o escritores de manera individual. Detrás de cada película terminada y entregada para su exhibición hay muchos profesionales que han contribuido, cada uno en la medida de su experiencia, de su talento y de su responsabilidad, al resultado final, a la conformación de la obra de arte. La película es un todo, de perfección más o menos alcanzada, que deja en nosotros informaciones, sensaciones, incomodos, reflexiones, emociones o asombros y que añade algo, como hacen todas aquellas manifestaciones artísticas con las que nos topamos, a nuestro mundo propio o individual.

En estos tiempos que corren, en los que parece que fuerzas innominadas (o no tanto) y poderosas (desde luego) se conjugan para frenar el crecimiento cultural de nuestro pueblo, y especialmente en lo que respecta al cine, en estos tiempos, digo, debiera ser acontecimiento valorado y celebrado el que aparezca de pronto en las carteleras una película fresca, sincera, simpática, entrañable, inteligente, emotiva, hermosa, cuidadosamente creada, colectivamente trabajada y, sobre todo, nuestra.

Es el caso de ‘2 francos, 40 pesetas’, que ayer, viernes 28 de marzo, se estrenó en muchos cines de España. La película, realizada en su mayor parte en la hermosa localidad suiza de Wildhaus, en el cantón alpino de San Gall, llega como continuación a ‘Un franco, 14 pesetas’, estrenada seis años atrás.A mi modo de ver, esta segunda entrega mejora en muchos aspectos (formales, interpretativos y técnicos) a la primera. Ambas entregas nos refieren historias de emigración de familias españolas a los países centroeuropeos en los años 60 y 70.

La familia de Carlos Iglesias (director, guionista y actor) y él mismo, siendo un niño, fueron protagonistas de aquella singular, numerosa y no pocas veces dramática emigración y, sin duda por esto, ambas cintas están teñidas de una sensibilidad que el espectador percibe y agradece, y dotadas de una credibilidad que contribuye a la solidez de las historias. Carlos Iglesias es uno de esos cómicos increíbles que con dos palabras y un gesto te hacen reír para, seguidamente, sin que la risa aún te haya abandonado, humedecerte los ojos y ablandarte el corazón, al modo de aquellos viejos payasos que acomodaban en un mismo pliegue de los labios, en el mismo brillo de los ojos, la felicidad y la tristeza.

Pero también Carlos Iglesias es un buen director de cine, lo demuestra en esta cinta tanto a la hora de elegir, implicar y dirigir a los actores, como de determinar los planos y mover la cámara, buscar la luz o elegir la música. Cada escena está pensada para agarrar al espectador (desde el humor, desde la emoción o desde la fotografía) y no soltarlo en ningún momento. Cierto es que el guión sufre en algún momento la tentación de inclinarse hacia situaciones tópicas (el señor del Opus y la Guardia Civil o los personajes de las dos suegras), pero son detalles que no ensombrecen la genialidad de otras muchas escenas, propias de la mejor comedia realista española, como las conversaciones de los dos jóvenes (prometedoras actuaciones de Luisber Santiago  Adrián Expósito), la discusión matrimonial entre Carlos Iglesias y una formidable Nieve deMedina frente a la recepcionista suiza, los momentos previos al bautizo o el baile final repleto de comicidades bien dosificadas (como la borrachera del cura) y de inteligentes sugerencias que, como en cualquier obra maestra, evitan contar lo que ya el espectador está imaginando. También el trabajo del cómico Javier Gutiérrez añade credibilidad a la historia con el singular manejo que él hace de las incertidumbres.

Cabe destacar el trabajo de adaptación de Isabel Blanco y, en general, de todos los actores, cuya fidelidad al espíritu de la historia, hace que la película se conforme como una de las cintas cómicas españolas más importantes de estos últimos años de sequía creativa y abandono (por no decir rechazo) administrativo. Y nome puedo olvidar de la fotografía de Tote Trenas, que sin duda será un firme candidato al Goya. Como decía, el cine es un arte colectivo y cuando un grupo de profesionales se entrega con talento, fidelidad y humildad a un proyecto artístico los resultados no suelen defraudar.

Creo que debemos, pues, celebrar gozosamente la llegada de esta película a nuestras escurridas carteleras, como también debemos agradecer que aún existan productores como Juan Gona que arriesguen su dinero en la creencia de que aún es posible la belleza. Megusta el cine yme duele su pobreza. ‘2 francos, 40 pesetas’me ha renovado la confianza. Las imágenes del buen cine son siempre perpetuas, como esos retratos que perduran en los silencios de los cajones como inequívocos fantasmas de la eternidad. Animo a todos a ver esta película y a no olvidarse que tanto daño hacen al cine (como a la cultura en general) las injustificadas y violentas subidas de impuestos, como la ladronería irresponsable de las descargas ilegales. Merece la pena acudir a las salas a empaparse con la magia del cine. Ésta es una buena ocasión.